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VICENTE,
EL HERRERO
Me
abre la puerta y me saluda como si nos conociéramos de toda la
vida. Al cabo de un rato me pregunta, ¿Pero tú quien eres?.
Ríe mucho y se le iluminan los ojos cuando recuerda sus años
mozos, la herrería, los hijos pequeños, los domingos jugando
a pelota, y la gitanilla que le leyó la mano.
Me llamo Vicente Collado Rull, pero por mi apellido no me conoce nadie,
me llaman Vicente el Herrero, tengo ochenta y tres años, voy
pa ochanta y cuatro.
- ¿Qué hacía usted?
- Yo hacía toda la herramienta que se gastaba pa la tierra, aldadros
vertederas, herrar los animales que pudiesen haber, en fín, una
herrería completa que decíamos aquí. Nos dedicábamos
a eso, a hacer tejadillas de escardar hasta una azada estrecha, un podón,
veinte corbellas, todo, todo lo de la tierra, nada de amotos ni bicicletas,
todo de la tierra. Aladros, vertederas, azadas, corbella, podón,
una cerradura con su llave, todo todavía conservo el yunque,
la máquina de anular y el motorico. Yo tenía un yunque,
una máquina de taladrar, una máquina de desmedir, que
me llevaba la máquina y el mantón ¿tú no
has visto antiguamente un fuelle que decíamos? Luego ya mecanicé
ésto, hasta tenía el grupo de soldar.
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¿Desde cuándo está en el oficio?
- ¿Yo?, desde que nací, con mis padres no, yo salí
de casa a un taller y recorrí dos o tres talleres hasta
que me fuí al servicio, una vez vine del servicio me establecí
por cuenta mia aquí, que yo había estado en Amenara
y en Caudiel. Ya llevaba cuatro años que detrás
de un amo cogía otro, y cuando vine del servicio tenía
veinticuatro años y Adela diecinueve, y nos casamos y aquí
estamos, se ha terminao el trabajo y las ganas de trabajar.
- ¿Vivían siempre aquí?
- Siempre, en esta casa, esto todo, era la herrería, de
aquí a doce metros que hay.
Me hicieron trabajar hasta los setenta y dos años, porque
murió el herrero que había, y al quedarse el pueblo
sin herrero pues hasta fueron a informarse, a tomar datos al gobernador
de Castellón, y dijo que sí, que yo podía
dar servicio sin ningún compromiso, porque yo me jubilé
a los sesenta y cinco años, pero seguí trabajando
con permiso del Gobernador, para dar servicio al pueblo, me mandaron
la guardia civil de Honda, un teniente y dos guardias, y me dijeron:
no pase pena que usted puede dar servicio aunque na mas
sea pa herrar, y no pasa nada. Y a los setenta y dos dije,
sá terminao.
Nos cuenta que está un poco sordo, de un oído no
oye nada, del otro sí, -es el ruido del yunque, según
dicen los médicos, todos los herreros acaban así,
todos los que he conocido.
- ¿Sabes? a mi me tomaron otra entrevista de otra clase
ahora que pienso, vino uno de Valencia, y había un veraneante
con el que yo me llevaba muy bien, y por mediación suya
vino a entrevistarse conmigo y le tenía que decir todos
los pueblos que yo he jugao a pelota, y me quedan de por aquí
los alrededores ninguno, los recorrí todos. Tengo todavía
el periódico que me mandó, lo guardaré mientras
viva, por cierto habíamos dos, y sea por lo que sea a mí
me dieron mi fotografía pero se equivocaron, a mí
me dieron sus apellidos y a él los míos, aún
vive ese hombre, jugábamos siempre juntos y nos entrevistaron
a los dos.
Los domingos jugaba siempre a pelota, no he tenido otra ilusión
mas que jugar a pelota, a largas, al trinquete jugábamos
en la calle a largas que decían, poníamos una soga
en medio de la calle y todas las pelotas tenían que pasar
por encima de la cuerda, la que no pasaba perdías tu el
tanto aquello era más bonico que las rallas, que también
jugábamos, en Valencia, el mejor deporte que hay es jugar
al trinquete pelao, que he jugao muchísimas veces y la
ilusión más grande que he tenido yo, era ir a Valencia
a comprar lo que necesitaba pa la herrería y por la tarde
al trinquete, no se me escapaba, y cada mes o mes y medio iba.
Volvemos a la herrería y nos cuenta que trabajaba para
Torrochiva el Tormo, Fuentes de Allobar, todos los pueblos que
se quedaron sin herrero tenían que venir aquí, los
domingos hasta las tres o las cuatro de la tarde, no podía
parar, -durante todos esos años, ha sido mi vida, trabajar
como un león, comer poquico y ahora que podemos no nos
dejan las enfermedades, no comas, no bebas, no fumes, que fumar
y beber no lo he hecho nunca, ahora es cuando empiezo a capotear,
pero en fin, los años pesan tengo una biznieta, hace quince
días que nació y es una satisfacción, pero
qué vamos a hacer con la vejez, nos toca a nosotros. Los
hijos siguieron el oficio hasta que se fueron al servicio, vinieron,
se pusieron a festear con dos chicas de aquí, el uno con
una chica que se fue a Barcelona, vino y me dijo Padre, que me
voy a ver a la novia, y aún lo espero, ahora viene claro,
y el otro a Valencia, se dedica a los muebles metálicos,
tresillos, mesas, y todo lo de tapicería, nos hemos llevao
siempre bien, tenemos buenos hijos.
En la mili, una gitanilla le leyó la buenaventura, a él
y tres más por un real los cuatro. No falló en lo
que dijo, a uno de ellos le dijo que era un perdido, y era verdadl
acabar la mili se quedó en el hospital por su mala cabeza
y a mí me dijo, -tú eres muy buena persona,
y muy trabajador, pero mientras se te muevan las orejas tienes
que trabajar, ya lo verás, tendrás cinco duros pero
tienes que trabajar mucho.
Y yo que em sabía con veintiún años, pues
no se ha equivocao de nada. Hemos trabajao más que menester,
no me han faltao los cinco duros y trabajé hasta los setenta
y dos años. Y era pequeñita, no sé de ande
demonios sacó aquellas cosas...
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